La Camarga es donde el Ródano se rinde y se hace agua, junco y sal. Plana hasta el horizonte, mitad tierra mitad laguna, trabajada por los caballos blancos, los toros negros y los hombres que los montan. Venga un día y solo verá la carretera; venga dos y el lugar empieza a cobrar sentido.
I. El delta y sus aves
En el Parc ornithologique du Pont de Gau, junto a las Saintes-Maries-de-la-Mer, los flamencos se cuentan por miles y le dejan caminar entre ellos. Al sur de Arlés la carretera baja hacia Salin-de-Giraud, donde las salinas tiñen el agua de rosa y la cosecha aún se amontona en colinas blancas.
«La Camarga mantiene honesto el horizonte — no hay nada tras lo que esconderse.»
II. La ciudad amurallada y el mar
Al oeste, Aigues-Mortes se mantiene dentro de sus murallas medievales intactas, un cuadrado perfecto en la marisma desde donde Luis IX zarpó un día hacia las cruzadas. Más allá, la playa desierta de Beauduc corre kilómetros — viento, arena y la larga línea del Mediterráneo.