Niza fue italiana hasta 1860 y nunca dejó del todo de serlo — fachadas ocres y rojas, una cocina muy suya, y el ancho arco azul de la Baie des Anges por el que los veraneantes de invierno vinieron hace dos siglos y que nunca abandonaron. Es la capital de la Riviera, y lleva el papel con ligereza.
I. El Paseo de los Ingleses
La Promenade des Anglais corre a lo largo de toda la bahía, llamada por los ingleses que la costearon en la década de 1820 para pasear la orilla en invierno. Hoy son los corredores, los ciclistas y las famosas sillas azules frente al mar; detrás, los grandes hoteles y el Negresco sostienen la línea de la belle époque.
«Una ciudad italiana despertada francesa, que conservó lo mejor de ambas cocinas.»
II. El casco antiguo y el Cours Saleya
Tras el paseo, el casco antiguo es un laberinto de altas casas ocres y callejas estrechas que se abren al Cours Saleya, donde el mercado vende flores y productos todas las mañanas salvo el lunes. Es la patria de la socca, la torta de garbanzo comida ardiendo de la sartén, de la pissaladière y de la verdadera ensalada nizarda — una ciudad que se toma en serio su comida de calle.
III. La colina y los museos
Al final del casco antiguo, la Colline du Château — una colina del castillo sin castillo — da la gran vista sobre la bahía y los tejados de terracota. Allá arriba, en Cimiez, entre ruinas romanas y olivares, los museos Matisse y Chagall guardan la obra de dos pintores que la luz de aquí retuvo para siempre.